
Revolvió su café en sentido opuesto a las agujas del reloj. Su mirada perdida escapó por el gran ventanal del bar. Miraba a los transeúntes caminar con paso seguro. Algunos con uniformes, especialmente las mujeres.
Los envidiaba.
Atrapó su atención un abrigo rojo, quizás porque ella no se lo hubiese puesto ese día. Esta no sería una jornada de esas en las que uno pretende llamar la atención descaradamente.
El primer sorbo de café le dovolvió la sensibilidad: estaba caliente como las aguas del Aqueronte. Pasó su lengua por sus labios: palpitaban.
Entonces, decidió seguir mirando por la ventana, ahora recordando que tenía una meta: hacer que el café se enfriara mientras revolvía y contemplaba a la multitud que se esparcía por la avenida como si un dique se hubiese roto en una parte.
Ahora veía mucho verde: buzos, gorros, tapados ... No se consideró original porque era su manga verde la que revolvía ahora, apresuradamente, el café.
-Despacio - se dijo. No tengo por qué apurarme. Todavía no ha pasado nadie con algo amarillo. Intentó distinguir entre la multitud alguna áurea esencia. Tuvo que esperar bastante: que pasara el negro, el blanco (no muy seguido), el bordeaux y, allá lejos, le pareció que un haz de luz venía abriéndose paso entre la masa. No tenía ritmo, no tenía forma. Era, por fin, el amarillo.

